Soy Naty Cifuentes.
Soy una hija de Dios.
Pero también fui la oveja perdida.
Esa por la que Dios dejó las noventa y nueve para salir a buscar.
Y como toda oveja perdida, tengo una historia que marcó mis pasos.
He muerto a miles de versiones de mí misma.
Y sigo muriendo a ellas.
Soy amante apasionada por los colores.
Amo vestirme.
Amo tomarme fotos frente al espejo.
Amo despertar antes de que salga el sol para verlo aparecer en el horizonte.
Amo el mar.
Soy team verano todo el año.
Y aunque nunca fui fanática de los gatos,
Paris llegó a mi vida para enseñarme cómo se ve el amor puro y real.
He atravesado muchas noches oscuras del alma.
Para mí, una noche oscura del alma es sentirte perdida, escuchar demasiadas voces
dentro de tu cabeza y aun así levantarte cada mañana hasta volver a escuchar la paz que viene del Espíritu Santo.
No crecí siendo una mujer de gran fe.
Nací en una familia católica.
Estudié en un colegio de monjas.
Y si me preguntas cómo era mi relación con Dios, te diría que durante muchos años ha sido tibia.
Incluso me peleé con Él.
Recuerdo el 11 de febrero de 2020.
Acababa de terminar una relación de siete años.
Y le gritaba a Dios preguntándole por qué.
Qué había hecho yo para merecer tanto dolor.
No entendía que algunas despedidas son el inicio de un propósito.